La mejor compañía
Como
todas las mañanas, Mario se levantó de madrugada, se puso a tomar una deliciosa
taza de café, se sentó en un banco frente al polletón donde cocina sus
alimentos, atizando el fuego para que la leña ardiera más y el agua hirviera
rápidamente, ya que en ese momento se coloca el café para que concentre el sabor que tanto le gusta.
No
era cualquier café, era el que él había trabajado en el beneficio donde se
procesaba ese rico aromático.
La
cocina es muy sencilla, una mesa vieja, unos bancos de plástico, piso de barro,
aun en esas limitaciones, se siente afortunado y muy feliz por tener un techo y un trabajo para
vivir, se siente satisfecho por lo logrado durante los años vividos.
Siempre
decía que lo más delicioso era el café con pan, claro que no siempre había para
comprar pan, pero café no faltaba porque se lo regalaba el patrón, o era del
pepenado que quedaba en las fincas después de la cosecha.
A
veces se sentía triste cuando recordaba que su esposa había muerto a causa de
una enfermedad ingrata que la consumió hasta quitarle la vida, recuerda que los
doctores le dijeron que esa enfermedad se llama cáncer, no entendía muy bien
que era eso, pero perfectamente sabía que
hace sufrir y mata.
Suspiraba
profundamente, inclinaba su rostro hacia arriba, mirando al cielo preguntaba a
su Dios, porqué había pasado esa desgracia, porqué estaba tan solo, aunque
vivía con una de sus hijas a veces se sentía muy solo y en algunas ocasionas
aparecían las lágrimas que humedecían sus ojos, entristeciendo su mirada.
Volteaba
a ver hacia la puerta y siempre aparecía un perrito con cara de tristeza para
conseguir un bocado de comida, el perrito era canelo de mirada triste pero
enternecedora, esa mirada que provocaba que Mario se condoliera por él y le
tiraba un pedazo de tortilla, ya que casi nunca tenía pan.
El
perrito fue agarrando confianza, entraba a la cocina y se echaba sobre unas
botas de hule, Mario le fue agarrando cariño, es así que le conseguía algún
hueso por ahí, una tortilla o algo con que pudiera agradarlo.
Llegado
el momento se dio cuenta que lo seguía a donde fuera, si alguien se le acercaba
atacaba o ladraba fuertemente, se convirtió en su protector natural, entonces
decidió ponerle nombre, para no decirle solamente chuchito vení.
Le
contó a su hija que el perrito llegó hace un tiempo a la casa, lo acompaña
siempre, le alegra el día y se encariñó con él, por lo que decidió adoptarlo y quiere
colocarle un nombre.
La
hija le preguntó cómo había llegado a la casa y Mario le contestó: solo vino, entonces,
ese debe ser su nombre papá, afirmó la hija.
Se
le quedó viendo al perrito y le dijo, desde ahora en adelante te llamarás:
Solovino.
Cuando
uno se encuentra a Mario hay que tener cuidado al saludarlo, porque siempre
anda acompañado de Solovino.
Escrito por Julio Arnoldo Roldán Martinez
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