AH,
LA VIDA
Escrito
por Julio Arnoldo Roldán Martínez
El 15 de diciembre de año
2002, me preparaba por la mañana para ir a ganar unos centavos, de hecho previo
a la Navidad donde se dan algunos gastos extra, daba para estar ilusionado, muy
agradecido con Dios que me había
bendecido con darle clases extra de matemática a un grupo de estudiantes de un
colegio que tiene su nombre ganado en esta sociedad.
Para realizar la tarea, una
compañera de universidad me prestó las instalaciones de su colegio ubicadas
en la once avenida y cuarta calle en la
zona dos en la ciudad capital de Guatemala, una zona aparentemente tranquila, no
es catalogada zona roja como en la que vivo desde hace muchos años.
En fin, a las diez de la
mañana llegaron los 10 estudiantes que deseaban ser reforzados en esta área,
jóvenes adolescentes, sus padres los dejaron adentro de las instalaciones con
la promesa de regresar a las 11:30 horas, para llevárselos.
Por ese tiempo, hora y
media, se convino que pagaría Q. 75.00 cada uno, por lo que sería un total de
Q.750.00 a ganar, estaba muy feliz de hacer lo que me gusta y además bien
pagado, eso es lo que pensaba.
En fin, se inició la clase
en un salón del primer nivel, la compañera dueña aprovechó para tener abierto y
a lo mejor captaba algunos estudiantes para su colegio, observé que algunas
personas que ingresaban y salian, se sentaban después de la reja para ser
atendidos.
Me llamó la atención un
hombre que esperó sentado con un costal sobre sus piernas, lo identifiqué como
un albañil por su vestimenta, luego llegaron otros dos, un poco sucios que se
sentaron a la par del primero, pensé que eran mecánicos; pero en fin, como profesor estaba acostumbrado a tratar
con diferentes personas de todos los estratos sociales, continué dando clases,
factorización, polinomios, y todos esos algoritmos que le dan emoción a esta
asignatura, resolviendo problemas y al ver las caras de satisfacción de los
estudiantes, por encontrarle sentido a estas vainas matemáticas, el tiempo pasó
volando, cuando sentí, los jóvenes ya estaban inquietos y algunos padres de
familia llegando por ellos.
Al finalizar, solamente tres
pagaron en efectivo y el resto en cheques, les di las gracias y se retiraron, eran
aproximadamente las doce horas.
Fui a la dirección, platiqué
con la dueña del colegio un momento, a punto de despedirme cuando me dijo que
si deseaba nos íbamos a almorzar y que la esperara en el segundo nivel; ahí se
encontraba el profesor de educación física y me dijo, -mira vos, te acompaño y nos
echamos un cigarrito-, a lo que accedí.
Platicando en forma amena en
el segundo nivel, disfrutando del cigarrito,
cuando oímos ruidos extraños en el primer nivel, pero no le pusimos
mayor importancia, sin saber la sorpresa que nos esperaba.
Se escucharon gritos y palabras fuera de tono, el hombre que
vi abajo con el costal, llevaba a la dueña del colegio agarrada violentamente
del pelo y con una pistola en la sien, y con palabras propias de la
intimidación indicó:
-quietos, o mato esta
pisada-, nosotros nos amedrentamos miradas perdidas y confundidos, no dijimos
absolutamente nada.
La dueña del colegio indicó:
-por favor hagan caso, abajo hay otros dos hombres armados y tienen encañonadas
a unas personas, por favor hagan caso-.
-Adentro hijos de puta, entren
en ese saloncito, y no intente nada porque me quiebro a esta vieja-, gritó el
ratero.
Ingresamos a un saloncito, y ahí prosiguió la humillación.
-Desnúdense hijos de puta,
solo quédense en calzoncillo y no me miren cerotes-
Obedientes por humillación
comenzamos a quitarnos la ropa, pero en una acción refleja, voltee a ver al
ladrón, y me pegó en la cara con la cacha de la pistola, me maltrató y me
volvió a pegar.
Sangrando por la nariz, y
solamente en calzoncillo, el ladrón nos trasladó al primer nivel para reunirnos
con las otras personas (hombres en calzoncillo y mujeres en calzón y brasier) que
estábamos siendo asaltados, nos encerró en un salón de clases, boca abajo, con
instrucciones precisas de no movernos para nada.
Mientras estábamos en esas condiciones,
uno de los asaltantes permaneció vigilante, con un cuchillo de carnicero en la
mano, advirtiéndonos que cualquier movimiento y nos mataban, mientras tanto los
otros ladrones (que solamente vi a dos), y no sé cuántos serian, se dedicaron a
revisar la ropa que nos habían quitado y algunas áreas del colegio, para
llevarse lo que pudieron.
Para eso, el colegio estaba con las puertas cerradas, todo el
tiempo se escuchó el ruido de una moto en la parte de afuera.
El tiempo se sintió eterno,
yo boca abajo sobre el piso, sangrando, hice un movimiento para tratar de limpiarme
los coágulos que estaban en mi nariz, inmediatamente el que nos cuidaba brincó
sobre mí y con el cuchillo me hizo una herida en la parte baja de la espalda,
no profunda pero si sangró, y gritó:
-si intentas algo, te morís
colocho hijo de puta, y si alguien más se mueve, los matamos a todos-
Una señora que estaba a la
par mía, susurro: -por favor joven, quédese quieto así se van rápido y no nos
hacen nada-.
Después de dos horas de
estar en esas condiciones, el que nos cuidaba gritó nuevamente:
-ya nos vamos, pero se
quedan así por cinco minutos más, o regresamos y los matamos, afuera hay una
moto (afuera la moto aceleró para que se escuchara más) que se quedará ahí,
mientras nosotros nos desaparecemos, así que cuidadito pisados,
jajajajajajaja-.
En ese momento se escucharon
susurros de descanso, todo había pasado, cada quien fue a buscar su ropa, pero
todos estábamos mudos, nadie decía nada, solamente nos mirábamos con ojos de
desconsuelo, sin vida, rostros desencajados, la verdad, es una humillación de
tal magnitud que nadie se atreve a expresar ningún sentimiento, la impotencia
de estar a merced de unos desgraciados.
Algunas personas se
retiraron rápidamente, apenas balbuceando algunas palabras de despedida.
El profesor de física, la
dueña del colegio y yo, nos quedamos solos y después de algunos segundos de
silencio, empezamos a comentar lo sucedido, lo primero que hicimos fue darle
gracias a Dios que todo había pasado y que estábamos con vida, con la clásica
expresión del oprimido, -lo material se puede hacer-.
La dueña, indico que se
habían llevado dos chequeras, cuarenta quetzales que había en la gaveta de su
escritorio y todos reímos a carcajadas, pero no de placer sino de impotencia, reveló que no tenían fondos y que no les
servirían de nada, -reímos nuevamente- con nostalgia enfatizó que tenía la esperanza de que fuéramos a almorzar
con lo que a mí me pagarían.
El de educación física comentó
que a él si le habían robado como ciento veinticinco quetzales, y ni modo, hay
que echarle ganas, la ventaja fue que no se llevaron sus cigarros, los tres nos
pusimos a fumar (la dueña no tiene ese vicio pero en ese momento lo hizo
inconscientemente).
Ambos lamentaron el golpe
que yo tenía en la nariz, sin embargo no se llevaron el alcohol y ella, me
limpió, y ya casi no se notaba la inflamación, con lo de la espalda no había
problema, no se veía mal, así que en ese momento todo era risa, y aquellos
comentarios morbosos por habernos encontrado en paños menores en una situación
incómoda.
Luego de revisar lo que me
habían robado, me di cuenta que no tenía la cedula, -eso
sí me preocupaba-, nos dedicamos a buscar detenidamente para ver si la habían
dejado tirada por ahí, ya que toda la ropa la habían dejado amontonada en un
rincón.
Para mi sorpresa, la
encontré junto a mi licencia, y entre la cédula estaban mis cheques y dinero,
lo único que me robaron fueron ciento veinticinco quetzales que cargaba en la
otra bolsa.
Todo fue risas, nuevamente,
y la expresión: -cachimbeado pero con pisto-, nadie tenía deseos de almorzar,
así que todos a la casa, me fui caminando a casa como zombi, imbuido en mis
pensamientos, en lo vivido, en lo rico que es vivir, y reafirmó mi desprecio
por las cosas materiales.
Algo que hay que resaltar es
que yo cargaba la llave del carro, pero no andaba en carro, los ladrones al
encontrarla, querían saber dónde estaba estacionado el mismo, nos maltrataron
por esa cosa, al fin se convencieron de que en efecto solamente las llaves
estaban, desde ese tiempo, jamás ando cargando cosas que no necesito.
Es una experiencia que
muchos guatemaltecos hemos vivido, gracias a Dios en este caso, lo podemos
contar, este país es el espacio donde nos toca vivir, así que a disfrutar los
buenos momentos y nunca, nunca, haga de su espacio un infierno si lo que puede
hacer es un paraíso, la vida es eso, vida, y mientras la tengamos, disfrutémosla,
no al odio, si al amor, hay que ser feliz a pesar de las circunstancias.
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